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La energía se contagia

Estoy en el Ateneo de Madrid. El pase diario cuesta 4 euros. Te da acceso a cuatro salas maravillosas donde escribir, leer y estudiar en silencio. Creo que es el gimnasio más barato en el que he estado. Porque las bibliotecas son un gimnasio para la mente. Mientras escribo esto estoy pensando. Escribo palabra por palabra y no sé si pienso antes, durante o después. Quizás las tres son ciertas. Pero sé que no soy la misma después de escribir. Porque tengo algo más claro. No sé qué va a ser eso cuando empiezo. Solo lo sé cuando acabo.

Y lo que me gusta de ir al gimnasio no es solo aprovechar el espacio para hacer mis ejercicios. Es compartirlo con otras personas. Desconocidos que observo y que me afectan. En las clases de body combat me pongo al lado de la chica de negro. Siempre va de negro, siempre con coleta, y si la veo siempre la quiero tener cerca. Porque no sabéis cómo pega puñetazos al aire, la tía. Yo quiero ser como ella. O quizás quiero ganarla. Sea lo que sea, al final acabo esforzándome más cuando está ella.

Ahora tengo delante, unos cuantos pupitres a la derecha, a un hombre con polo y sienes blancas tecleando sin parar. No levanta la vista de la pantalla. No he podido evitarlo y al entrar he pasado por detrás de él para espiarle un poquito. Parece que está escribiendo una novela. Como no puedo escuchar cómo cruje su cerebro al ejercitarse, al menos tengo el sonido del teclado. Lo interpreto igual que los soplidos de la chica de negro al pegar puñetazos. Es esfuerzo. Trabajo duro. Y encima está moviendo los labios mientras teclea. Como si estuviera hablando con los personajes. Cuando he llegado ya estaba aquí y solo hacía una hora que estaba abierto el Ateneo. Han pasado dos más y todavía no se ha levantado. Pues yo tampoco. No pienso hacer un descanso hasta que él lo haga.

A mi izquierda tengo a un hombre de movimientos lentos años leyendo el periódico en traje. Detrás hay una mujer leyendo un libro con letra minúscula y tomando apuntes. En el fondo de la sala hay un chico joven que no para de morderse las uñas mientras mira la pantalla del ordenador. ¿Estará también escribiendo un libro? ¿O estudiando para ser mi futuro médico? Por las pocas uñas que le deben quedar, mi hipótesis es que está aprendiendo francés y hoy le toca el subjuntivo.

Me fijo en todos, porque todos me afectan. Porque la energía se contagia. Todos han salido de la cama hoy y han venido aquí a ejercitar la mente. Yo también y ahora que los veo y que comparto este espacio privilegiado con ellos lo quiero hacer aún más. Gracias, desconocido del polo, por animarme a seguir escribiendo pegada a esta silla. Gracias, chica de negro, por sacar más de mí.

No somos los mismos al entrar y salir del gimnasio. Sigo siendo Olivia, sí, pero con una hora más de tonificación de brazos. Y ahora soy Olivia con un puñado de cientos de palabras más sacadas de mis sesos, que no tenía hace dos horas. Cambiamos juntos porque queremos y porque nos afectamos, porque no estamos por encima de nuestra condición humana. Esta que me obliga a observar, a copiar, a inspirarme y a no querer ser menos que otros. ¿Habría escrito esto en este mismo tiempo si hubiera estado sola aquí hoy? Lo dudo. ¿Y yo os afecto? ¿Queréis ganarme también? Espero que sí.

Por fin el escritor del polo se ha levantado. Acabo esto. Y ahora ya tengo claro por qué he venido aquí hoy.